La belleza del fracaso no está en el fracaso mismo, sino en lo que revela. Vivimos en una cultura que mide el valor de la persona por su éxito, su victoria y su reconocimiento. Sin embargo, la experiencia demuestra que las derrotas son, con frecuencia, las que nos obligan a conocernos, a desprendernos de las ilusiones y a reconstruirnos desde un lugar más auténtico. El fracaso no solo puede convertirse en una fuente de riqueza interior; también puede fecundar el porvenir. A veces lega un ejemplo que inspira; otras, una obra, una idea o un descubrimiento cuyo verdadero valor solo sabrán apreciar quienes vengan después. Hay fracasos que terminan con una vida y otros que, precisamente entonces, empiezan a dar fruto.