Smita tenía catorce años cuando ella y su familia tuvieron que abandonar la India en circunstancias dramáticas. Aquel día se prometió a sí misma que jamás volvería. Desde Estados Unidos, intentó proteger su corazón de la nostalgia que le causaban los recuerdos de los crepúsculos anaranjados y el olor de los puestos de comida ambulantes donde su padre solía comprar. Sin embargo, años más tarde se ve obligada a cubrir una noticia en Mumbai para el periódico en el que trabaja.